Los tinglares son tortugas marinas que cautivan la atención de muchas personas, debido a su gran tamaño y al interesante proceso que llevan a cabo al momento de desovar. Desafortunadamente, el tinglar, también como tortuga laúd, se encuentra en peligro de extinción. A continuación, la joven Luisa M. Parrilla nos narra su experiencia al ver un desove de tinglar por primera vez y comparte con los lectores y las lectoras datos sobre los esfuerzos de conservación de esta especie y alguna de las personas involucradas.

Por: Luisa M. Parrilla Flores
Fotos: Oliver Bencosme Palmer

Cuando a la hija de Mariel Rosario le asignaron buscar información acerca de las tortugas marinas en la escuela, Mariel no dudó en acceder al Internet. Así se enteró de que se llevaría a cabo la primera reunión de grupos tortugueros de Puerto Rico. Allí conoció a Carlos Diez, experto en tortugas con más de 20 años de experiencia, quien se esforzaba por crear un grupo de voluntarios para la playa El Único en Dorado.

La policía estatal había contactado a Carlos a través del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales para informarle que había rastros de tortugas en esa playa. A pesar de que El Único había sido descrita por la policía como una playa sumamente peligrosa, Carlos comenzó a recorrer por su cuenta las 3 millas (5 kilómetros) de costa para documentar los nidos y los avistamientos de tinglares. Él solo contó 176 nidos. Al esfuerzo de Carlos se unieron Raymond Flores y Albert Rivera, amigos suyos desde la universidad y tortugueros experimentados.

Hoy, Mariel, Carlos, Raymond y Albert lideran los esfuerzos del proyecto Tinglar Dorado Toa Baja cuyo propósito es promover la conservación, protección y desarrollo de los tinglares. El proyecto ya cuenta con más de quince voluntarios y con el apoyo de la policía, los pescadores y los surfers del área. Entre las tareas del grupo están patrullar la costa de El Único todos los días a las seis de la mañana, documentar los rastros de tortugas, sus nidos, las eclosiones, medir los ejemplares adultos y marcarlos. Los fines de semana se organizan patrullajes nocturnos. El grupo se divide en dos, uno para la parte este de la playa y otro para la parte oeste.

Fue precisamente un fin de semana que acompañé a varios miembros de Sea Grant a la playa El Único para documentar los tinglares. El grupo de voluntarios nos recibió con muchísimo ánimo y nos explicó en qué consistiría el patrullaje nocturno. Mi espíritu aventurero me llevó a formar parte del grupo que patrullaría la parte este de la playa, la más larga (cuarenta y cinco minutos de caminata). Estaba tan emocionada que se me hizo corto el trayecto. Había que mirar para todos lados porque las tortugas podían comenzar a salir a nuestras espaldas. Mientras trataba de acostumbrar el ojo a mirar lo que nunca había visto, los ojos hábiles de Carlos Diez avistaron el primer trazo de tinglar en la arena. Esos segundos que tuve que esperar para saber si la tortuga estaba en la playa o ya se había ido me parecieron eternos. Pero, la espera valió la pena porque un tinglar de cerca de 500 libras había hecho su nido y estaba poniendo huevos.

Nos acercamos a la tortuga con cuidado. Carlos nos iba explicando lo que veíamos. La tortuga, en trance, sólo se enfocaba en su labor de poner huevos. Carlos nos comentaba que la lentitud y la calma del animal se debían a que sentía su peso por primera vez. La tortuga se toma aproximadamente dos horas en poner, tapar y camuflar sus huevos. Mientras los camuflaba, una solución salina le brotaba de los ojos. Carlos nos explicaba que era la forma de expedir el alto contenido de sal que llevan en el cuerpo. Los pescadores dicen que la solución salina es el llanto del tinglar al dejar sus huevos en la orilla sabiendo que jamás los volverá a ver.

Esa noche comprendí que dos actos de amor se entrelazaban. El amor instintivo de las tortugas hacia la labor de poner sus huevos y el amor inquebrantable que Carlos, Mariel, Raymond, Albert y el resto de los voluntarios sienten por las tortugas. Sólo en un ambiente de amor y armonía se viven experiencias maravillosas. Me llena de alegría saber que ese fin de semana me tocó a mí.

El grupo de voluntarios no recibe fondos de ninguna entidad pública ni privada. Los 296 nidos que han marcado en El Único son la prueba de que la playa debe conservarse y sustentan la necesidad de legislar para protegerla y convertirla en una reserva marina. Por tal razón, el apoyo del gobierno y de otras organizaciones ambientales es sumamente necesario.

Al igual que los tinglares regresan a desovar a la playa en que nacieron, los voluntarios de Tinglar Dorado Toa Baja siempre regresarán a la playa El Único para reafirmar su compromiso con las tortugas y el medio ambiente.

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