Por: Mydalis M. Lugo Marrero

Su nombre, según cuenta la memoria comunal, alude al color rosado de unas algas calcáreas, como es la anfiroa (Amphiroa). El Área Recreativa Playita Rosada ubica en el Barrio La Parguera del municipio de Lajas. Esta consiste de una cuerda de terreno. Siete glorietas (gazebos), con una mesa, unos bancos para sentarse, un zafacón y una barbacoa son parte de la infraestructura del lugar. La atracción principal de Playita Rosada es su piscina natural, de aproximadamente 4 pies de profundidad, la cual está cercada por verjas. Su profundidad es variable, pues depende directamente de la marea. Para llegar a ella, hay que caminar por un tablado, que está sostenido por una serie de pilotes. El tablado que lleva a la piscina natural es parecido a un muelle; sin embargo, en el extremo final, que da al mar, tiene un cuadrilátero, que delimita el espacio de la poza o baño o lo que hoy conocen como piscina natural. Aledaña a la piscina, en la parte oeste, hay una pequeña playita. Por la llanura que la caracteriza, esta playita se usa, tradicionalmente, por niños.

En la parte norte del Área Recreativa, se encuentran los servicios sanitarios y los cambiadores, así como la Oficina de Manejo de la Reserva Natural La Parguera, de la cual forma parte Playita Rosada. Al lado de las baños, se encuentra el paseo los guayacanes, el cual le rinde tributo a esta especie. En esta área, encontramos una rica vegetación autóctona y un sumidero, repleto de mangle. Cerca de la entrada a la piscina natural se encuentran las duchas. En la parte este, hay un rompeolas y el portón que conecta con el sector El Papayo. Este camino, conocido como El risco, es una servidumbre de paso y ha sido usado, históricamente, para conectar El Papayo con La Parguera y viceversa.

 

Playita Rosada pertenece a la Reserva Natural La Parguera, designación que lleva como propósito proteger y conservar la variedad de ecosistemas que se encuentran allí, mediante la implementación de un plan de manejo y el desarrollo de una política pública cónsona con los usos sustentable de los recursos. Esta reserva, designada así en 1986 por la Junta de Planificación, comprende terrenos de tres municipios: Guánica, Lajas y Cabo Rojo. La misma se extiende desde Punta Jorobado, en Guánica, hasta Punta Pitahaya, en Cabo Rojo, y acapara 12,638 cuerdas.

Su historia en la memoria comunal

Lo que es hoy el Área Recreativa Playita Rosada guarda, según se desprende de la historia oral recopilada, cierta similitud en el recuerdo de los entrevistados. El área estaba conformada por terrenos anegados, como manglares y salitrales.

El camino principal estaba bordeado, en ambos lados, con pino australiano (Casuarina equisetifolia) hasta donde se encuentran los pilotes que conducen a la oficina del DRNA. El estacionamiento actual no existía. Ese espacio era un salitral que, posteriormente, fue deforestado y rellenado. El camino principal era de tierra y, según cuentan los entrevistados, poseía la amplitud suficiente (20-30 pies de ancho), para que los visitantes estacionaran sus vehículos en sus partes laterales. La actual oficina del DRNA, fue anteriormente un “ranchón” o una terraza, donde se vendían bebidas, comida, como empanadillas de cangrejo (a diez centavos) y se bailaba. Era un lugar de encuentro común, un espacio para socializar y pasar un buen rato. Más allá de la terraza se encontraba un ranchito, el cual se utilizaba como cambiador. Cerca de este último ubicaba el muelle que daba a la poza. Este muelle estaba formado por piedras y, en la parte más honda, se convertía en un tablado que conducía a la pocita.

Tacho Luciano: El arquitecto de Playita Rosada

En las entrevistas de campo, hay un nombre que se repite continuamente y que apunta a la creación de la piscina natural. Su nombre es don Anastacio “Tacho” Luciano, aunque en la inscripción demográfica aparece como Plácido Rosario Luciano. Don Tacho, junto a su hijo Domingo Luciano Mattei, mejor conocido como “Mingo,” llevó las piedras del muelle original que conducían a la poza o piscina natural. Playita Rosada, según narra Mingo Luciano, perteneció, en un principio, a Arturo Dávila. Este, posteriormente, se la pasó a su yerno, Tito Marti, quien a su vez se la dejó a Tacho Luciano. Fue Tacho el arquitecto de la piscina “natural,” de la terraza y del ranchito usado como cambiador.

Mingo, quien tiene hoy día 84 años, cursó hasta tercer grado, pero tiene una mente prodigiosa. Don Mingo no solo es el único hijo de Tacho que aún vive, sino también posee una mente lucida capaz de trazar la cartografía de La Parguera con nombre y apellido. Mingo recuerda con mucho cariño el área de Playita Rosada. Era un espacio vivo, al que acudían muchísimas personas. En una agradable entrevista, y con una sonrisa que evocaba buenos tiempos, Mingo compartió otras historias que vivió en Playita Rosada. Así, por ejemplo, su memoria evocó el accidente de una avioneta que cayó muy cerca de la piscina un 4 de julio. Él, junto a otro compañero, rescató al piloto, Wilson Ramos Cortés. En Playita, según Mingo, se quedaban a dormir los pescadores del Corozo. La vida marina era rica. Mingo cuenta que su padre, Don Tacho, cobraba la entrada al área de Playita Rosada a cincuenta centavos. Fue Tacho quien colocó, en la entrada, un portón con “dos fojas de madera que se amarraban con una cadena.”

Según cuenta el nieto de Tacho, Domingo Luciano Mattei (se llama igual que su padre, don Mingo), el muelle tenía tres pies de ancho y se extendía, aproximadamente, veinte pies sobre el mar. En ese punto, y en la parte más honda, conectaba con el tablado que llevaba a la pocita. “El agua era clara; la arena, blanquita.” Tacho, con un rastrillo, se encargaba de limpiar a diario la piscina. Esa es la descripción que aparece en el recuerdo de la familia Luciano y de otros entrevistados. Luego de don Tacho, Playita Rosada pasó a manos de Nelson Toro. Tacho murió en 1980.

Playita Rosada bajo nueva administración

En la década del 70, Playita Rosada pasa a ser administrada por el Departamento de Recursos Naturales. La administración y la rehabilitación de Playita Rosada se hizo en conjunto con el DRNA y el municipio. Los primeros ofrecían el personal, los vigilantes y el guardia de la entrada y el segundo, los fondos. Así lo recuerda el ex alcalde, Walter Vélez Ramírez. Fue bajo su incumbencia, junto al secretario del Departamento de Recursos Naturales, Justo Méndez, que se cortaron los arbustos del salitral que están detrás del humedal, y se rellenó el área que hoy día cumple la función de un estacionamiento. Paradójicamente, se sacrificó la conservación y la preservación de los recursos del área para proveer un espacio para el estacionamiento de vehículos. El muelle, construido por Tacho Luciano, fue restaurado, completamente, en madera. El área oeste de la piscina (la playita de niños) fue dragado, con una grúa, para remover las praderas de yerbas marinas.

Los baños de mar

Cuando se recorre la historia de La Parguera, vemos que los baños de mar son parte de una tradición comunal, fuertemente arraigada en la vida de sus pobladores. Los baños de mar no son otra cosa que unos muelles, construidos por piedras o por tablas, que llevaban a una pocita o piscina natural, es decir, a un pedacito de agua limpia con fondo marino arenoso. Ahí acudía la familia a bañarse y a disfrutar de un buen tiempo. Toda la costa de La Parguera, incluso sus cayos e islotes, está atravesada por esta tradición. Uno de nuestros entrevistados señaló que la gente que tenía recursos (muchos de ellos de San Germán) le tiraba arena a la pocita para tapar las praderas de yerba marina. Froilán López afirmó que era una práctica original de La Parguera, ya que su costa, por las praderas de Thalassia que caracterizan su fondo marino, carecía de playas. Lo cierto es que esta tradición guarda un estrecho vínculo con las familias de los caseteros, y la gente de mar, quienes se asentaron en toda la costa, a principios del siglo XX. Las pocitas o baños eran cercados con alambre de ciclón o maderas. López recuerda que la arena que usaban para rellenar el fondo marino y tapar y matar las Thalassia la buscaban en los arrecifes. Esta tradición vive, con mucha nostalgia, en el recuerdo de algunos residente de La Parguera y Papayo. No asombra, por ello, que el área de Playita Rosada goce de un valor incomparable en la identidad de estas comunidades, pues fue, según afirman los entrevistados, el primer baño de La Parguera.


Sus recursos naturales

En términos ecológicos, el Área Recreativa de Playita Rosada posee gran valor. Su fauna, su flora y las especies en peligro de extinción que alberga la hacen un espacio único. Allí, por ejemplo, convergen los cuatro tipos de mangle que encontramos en la Isla: el mangle rojo, el mangle negro, el mangle blanco y el mangle botón.

Los manglares sirven como una zona de amortiguamiento, además de que atrapan el sedimento y disminuyen el impacto de las olas sobre la orilla, lo que reduce la erosión costera. Asimismo, estos sirven de habitáculo para muchas especies de moluscos y de crustáceos, y son punto clave en las etapas de vida de algunos organismos juveniles. También, funcionan como punto de anidamiento para las aves.

Toda esta variedad de recursos ofrece grandes ventajas educativas y recreativas. Además de poder ver los cuatro tipos de mangles, las personas pueden avistar especies en peligro de extinción, como la mariquita y el pelícano. Se puede observar la conectividad entre ecosistemas, como es el de las praderas de yerbas marinas (Thalassia testudinum), un tipo de vegetación que se encuentra en las aguas llanas. Estas ofrecen refugio y alimentación para ciertas especies marinas juveniles, como son los camarones, el carrucho y las langostas, entre otras. Otras especies que acuden son: el pámpano, el boril, la cojinúa, la aguja, el pargo, la cachicata, el mero y el balajú, entre otros. Junto al ecosistema del manglar, las praderas de Thalassia forman parte de un andamiaje que enriquece la zona.

Si de recreación se trata, Playita Rosada es un área que propicia la recreación pasiva. Avistar aves marinas y terrestres, contemplar la naturaleza, caminar y fotografiar son algunas de las actividades que se llevan a cabo en el lugar. Es un lugar idóneo para ejercitarse (caminar o correr). Si es amante de la fotografía y de los paisajes naturales, una visita a El risco ofrece una de las vistas más espectaculares de los cayos e islotes de La Parguera, así como de la piscina natural. Esta parte, también, forma parte de una ruta para los ciclistas de montaña, la cual conecta con El Papayo. Por sus vientos, el wind surfing y el kite surfing son actividades acuáticas excelentes para disfrutar en el área de Playita Rosada. Como bien afirmó uno de los entrevistados:

“Playita debe servir de gran atractivo para futuras generaciones, siempre pensando en la conservación de los recursos.”

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