Nuestra compañera y editora de la Revista Marejada, Mydalis M. Lugo Marrero, narra su experiencia durante la apertura del Centro de Investigación y Educación en la Isla de Mona y nos ofrece detalles del paisaje de esta importante reserva natural.

Texto y fotos por: Mydalis M. Lugo Marrero, MA

El día despuntaba con su mejor cara. El sol se nos regalaba en un cielo límpido, y una temperatura agradable bautizaba el aire. Partimos del Aeropuerto de Isla Grande cerca de las 8:00 a.m. Un pequeño grupo de comunicadores, entre ellos reporteros y fotoperiodistas, junto a empleados del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA), nos reuníamos con el mismo objetivo: asistir a la inauguración del Centro de Investigación y Educación de la Reserva Natural de Isla de Mona.

El viaje duró aproximadamente 45 minutos. Para los que no han tenido la oportunidad, divisar, desde el aire, la Reserva Natural de Isla de Mona ofrece una de las experiencias más placenteras para los ávidos de los paisajes naturales. Un recorrido aéreo dibujó aquella inmensa planicie cubierta de árboles. En su parte norte, la dimensión geográfica imponía su gran presencia a través de unos acantilados verticales que la bordean. En ellos, se divisan cuevas y se puede apreciar, a simple vista, las dos formaciones geológicas que caracterizan la geología de la isla: la Caliza de Lirio y la Dolomita (Véase Marejada vol. VII, núm. 1).

A distancia, podíamos divisar el islote de Monito, el cual forma parte de la Reserva Natural. Las playas del oeste de Mona, con sus aguas verdes cristalinas, posaban ante nuestro ojos con gran naturalidad y belleza, lo que dejó a muchos con las ganas de sumergirnos en ellas. Desde el aire, el paisaje de Mona deslumbraba con su gran encanto. En una isla, como la de Puerto Rico, súper poblada de asfalto y de contaminación y asediada por el consumo de bienes materiales, asombra encontrar grandes extensiones ambientales conservadas en su estado natural. Solo una pequeña infraestructura se asomaba entre la arboleda de la costa de Sardinera. El aterrizaje, en una pista en tierra, fue cómodo y sin inconveniente alguno.

La emoción del paisaje comenzaba a llenar las expectativas de los primeros visitantes. Llegamos al Centro de Investigación y Educación (CIE) y allí nos recibió parte del equipo de trabajo del DRNA, así como dos jóvenes voluntarios de Portugal. El ambiente era de alegría. Un espectáculo había sido reservado para nosotros. En dos baldes, más de doscientos careyes (Eremochelys imbricata), de dos nidos que habían eclosionado esa misma mañana, iban a iniciar una de las etapas de su vida: dirigirse al mar. Luego de una breve explicación dada por Carlos E. Diez González, biólogo que dirige el Proyecto Carey-Isla de Mona, y los dos jóvenes voluntarios, se procedió a liberar los cientos de careyitos. Unos caminaban más ligero que otros, pero al final todos se dirigieron, por instinto natural, a las aguas. Al poco rato, una pajarera, sobre las aguas de Sardinera, nos recordaba el proceso de selección natural. Este es, precisamente, uno de los primeros retos de los careyes en sus etapas iniciales.


Otra de las actividades de las que pudimos disfrutar fue la liberación de la iguana de Mona (Cyclura stejnegeri), especie endémica de la isla. La misma, como comentó el doctor Miguel García, es una de las especies endémicas amenazadas por especies exóticas de la isla, como son los gatos, los cabros y los cerdos salvajes, quienes devoran gran parte de los huevos de los nidos de esta. Como técnica de manejo, para la recuperación de la iguana de Mona, el DRNA ha diseñado una infraestructura rústica (jaulas). En su interior, las jaulas reproducen el espacio natural en el que el viven las iguanas. Esto las prepara para que, cuando tengan que abandonar el espacio protegido, puedan sobrevivir sin mayores dificultades en el medio ambiente. Las iguanas pasan cerca de un año en estas jaulas, edad en la que alcanzan un tamaño que les permite enfrentarse a sus depredadores.

En la actividad protocolar de inauguración, se discutió la importancia del CIE. Su propósito es ofrecer una infraestructura cómoda para aunar a los científicos que realizan investigaciones en la isla. El CIE será, en otras palabras, la casa de los investigadores y de los visitantes. El centro cuenta con una sala principal, de cuyas paredes cuelga la historia de la isla: periodo taíno, periodo pirata, periodo minero y periodo de manejo. En el lado contrario, una serie de afiches destacan algunos de los recursos que hacen de la isla un paraíso subtropical. Recostado en esa misma pared, se encuentra uno de los lentes del antiguo faro de Isla de Mona, diseñado, como bien ha señalado el doctor José Mari Mutt, por Rafael Ravenna. Este lente pudo proyectar la luz a 22 millas de distancia (Véase Marejada vol. VII, núm. 1). El CIE cuenta, también, con una oficina, mesas, internet, baños de composta y un pequeño laboratorio que posee una camilla para disectar especies.

Luego de la inauguración del CIE, partimos hacia el otro islote que compone la reserva: Monito. La vista de este islote sobresalía en el horizonte. A diferencia de Mona, Monito no posee playas, sino unos imponentes acantilados verticales que rodean su geografía. Allí se capturó un carey macho para explicar parte del trabajo de conservación (marcado y monitoreo) que se ha llevado a cabo con esta especie. Algunos de estos careyes han llegado a rastrearse en las aguas de Panamá. El carey regresó a su casa y nosotros partimos de las costas de Monito hacia Mona.

Otro recorrido espacial nos aguardaba. En un pequeño carro todo terreno, emprendimos un viaje de punta a punta de la isla. Del área oeste, en Sardinera, nos dirigimos hacia el este. Surcar los caminos de Mona es como atravesarla por sus venas, por sus entrañas. El paisaje era hermoso. Un camino rústico, lleno de pedregones y varias iguanas endémicas, así como un cabro, formaban parte de ese espectáculo paisajístico que nos conducía al otro lado de la reserva. Cuando llegamos, la naturaleza nos obsequió uno de sus últimos regalos dentro de la isla: la vista desde los farallones del este.

Era hora de partir. El tiempo nos acechaba y frenaba nuestro consumo paisajístico a través de la mirada. Me despedía de Mona con el deseo de pronto volver a recorrerla.

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