Por Milton D. Carrero Galarza

El doctor Juan Gerardo González Lagoa recuerda los días de gloria de la Bahía Bioluminiscente en La Parguera. Era a finales de los años sesenta cuando la bahía era considerada la más brillante del mundo. Allí acudían reporteros de medios tales como National Geographic, ávidos de documentar aquellas aguas en las que la gente parecía nadar en neón. Bastaba con derramar un cubo de agua por encima de alguna persona para notar el centelleó constante del famoso Pyrodinium bahamense, el organismo que produce la bioluminiscencia.

Considerado una autoridad en el estudio de la bioluminiscencia, González Lagoa recibía a científicos de las universidades más prestigiosas del mundo con el mayor orgullo y la seguridad de que la bahía no lo haría quedar mal. Esto lamentablemente ha cambiado.

“El otro día pase una vergüenza,” confiesa. “Vinieron unos científicos de los Estados Unidos a ver la bahía y cuando fuimos no brillaba.”

El abuso de las embarcaciones privadas, así como las escorrentías relacionadas al sobre desarrollo aledaño, la basura y la contaminación lumínica han ido disminuyendo el resplandor de las aguas luminosas en La Parguera.

González Lagoa ha visto el degaste de la bioluminiscencia a través de los años como quien observa una tragedia gradual. Y en el deterioro está implícito un llamado de alerta para que la historia no se repita en las demás bahías y lagunas que por su constante fulgor hacen de Puerto Rico un lugar único en el mundo.

Puerto Rico cuenta con al menos tres zonas en las que la bioluminiscencia es constante. Éstas son: Puerto Mosquito en Vieques, la Laguna Grande de las Cabezas de San Juan en Fajardo y La Parguera en Lajas, la cual a pesar de haber perdido intensidad, mantiene cierta bioluminiscencia durante todo el  año.

Son varias las circunstancias necesarias para que se produzca la bioluminiscencia. En nuestras bahías, el agua es como una sopa perfecta en la que la ausencia de un ingrediente es suficiente para que se eche a perder, según explica Mark Martin del Fidecomiso de Conservación e historia de Vieques.

Es un fenómeno que atrae a turistas y a científicos de todo el mundo. Pero que al mismo tiempo, es vulnerable a nuestra conducta. Cualquier cambio en las condiciones del agua o del ambiente aledaño a las bahías podría  extinguir su brillo, debido a lo complejo de los organismos bioluminiscentes y su delicada naturaleza.

Lo primordial es la salud de los organismos microscópicos de plancton conocidos como dinoflagelados, entre los cuales se encuentra el Pyrodinium bahamense, principal responsable del resplandor. Un cambio en el nivel de sal o temperatura puede afectar la cantidad de dinoflagelados. Estos organismos necesitan de nutrientes que le proporciona el mangle para sobrevivir. La forma de la bahía y las corrientes también afectan la concentración de estos organismos.

Los dinoflagelados son una combinación de animal y vegetal. Poseen unos pequeños flagelos que le permiten desplazarse y alimentarse de partículas en el agua. Además son capaces de crear energía a través de fotosíntesis.

Producen luz mediante un proceso químico en el que se unen dos substancias conocidas como luciferina y luciferasa. Cuando se agita el agua, las moléculas de ambas substancias liberan energía en forma de luz. Este proceso ocurre solamente en la noche para estos organismos que según los experimentos, aparentan tener una especie de reloj biológico.

Pero las luces en las comunidades cercanas a los cuerpos de agua de los establecimientos y residencias son suficientes para opacar el resplandor fascinante de estos organismos microscópicos. La basura y la contaminación de aceite y gasolina por parte de los botes de grande calaje es un insulto al ecosistema.

El secretario del Departamento de Recursos Naturales y Ambientales (DRNA), Daniel J. Galán Kercadó, está  consciente de la necesidad de controlar la cantidad de embarcaciones a las que se les permite navegar por las reservas naturales que poseen bioluminiscencia.

“Hemos aprendido mucho de la situación de la Parguera,” señala Galán Kercadó, “sabemos que no podemos dejar eso al azar. No podemos dejar que la gente utilice (las bahías) comercialmente sin cierto resguardo.

En el caso de Fajardo, dice el secretario, se hizo un estudio el año pasado el cual reveló que la capacidad de acarreo es de 300 personas por noche. El estudio también sugiere el que se limite los botes en estas aguas a sólo aquellos que tengan motores de cuatro cilindros o menos, o a botes con motores eléctricos.

Es por eso que la mayor parte del acceso que hay a la Laguna Grande de las Cabezas de San Juan es a través de kayak.

Ryan Salgado Fuentes, guía de Las Tortugas Adventures, es uno de los encargados de presentarle el fenómeno de la bioluminiscencia a los miles de turistas que visitan la laguna en Fajardo. Enfatiza la importancia de mantener las condiciones cercanas propicias para que se pueda apreciar el espectáculo en el agua.

“Contamos con el silencio y con la oscuridad para que por encima emerja la luz y el sonido,” explica.

Para evitar la contaminación lumínica, Kercadó aseguró que a partir de agosto de este año, se implantaría en Fajardo una iniciativa similar a la que existe en Vieques para intercambiar las luces cercanas a la reserva natural con faroles menos potentes para evitar que la luz artificial eclipse el resplandor natural de la bioluminiscencia.

Martin es el líder de esta iniciativa comunitaria en Vieques. Y a pesar de que dice estar satisfecho con el apoyo que ha recibido hasta ahora por parte de los viequenses quisiera, que la bahía fuese considerada como una Reserva Internacional de la Biosfera declarada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura — UNESCO, por sus siglas en inglés — como es el caso del Bosque Seco de Guánica. Esta sería la manera más apropiada de asegurar el porvenir y la salud de la bahía a largo plazo, asegura.

Galán Kercadó ve la posibilidad de obtener esa clasificación por parte de la UNESCO como un reconocimiento adicional, pero por su parte deposita su fe en el nuevo plan de manejo el cual aún está por aprobarse.

“Todos somos responsables de manejar esa reserva,” dice el secretario del DRNA.

Con el propósito de fomentar la discusión de estos temas de conservación y estudio, se realizó, los días 9 y 10 de octubre, el Primer Simposio de Bioluminiscenia en Puerto Rico, organizado por el Fidecomiso de Conservación e Historia de Vieques y con el coauspicio del Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico.

Según los organizadores del simposio, ahora más que nunca es inminente el estudio de diversas formas de conservación para que los cuerpos de aguas bioluminiscentes en nuestro archipiélago puedan enfrentar las presiones de desarrollo en las zonas costeras.

Todavía no existe en Puerto Rico un reglamento especial para proteger las bahías, cosa que cada vez se hace más crucial según los científicos que han notado una inestabilidad en la cantidad de organismos bioluminiscentes que habitan en nuestras aguas.

“Esa inestabilidad ha ido aumentando vertiginosamente en los últimos 10 años,” explica González Lagoa, quien ha estudiado estos organismos por más de 50 años. “Yo estimo que si en los próximos 10 años no se hace nada, nosotros vamos a perder la bioluminiscencia en nuestras bahías.”

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