Por Milton D. Carrero Galarza

A sus 76 años, el doctor Juan Gerardo González Lagoa aún recuerda cuáles fueron los únicos dos días en los que faltó a la escuela.

Fueron un 14 y 15 de octubre, en la víspera de la llegada del huracán San Calixto en el año 1943. Era un niño de 10 años que estaba dispuesto a caminar diariamente tres millas de ida y tres de vuelta para llegar a su salón. Pero aquel día no pudo salir de su casa en el sector Río Hondo de Mayagüez.

“Las nubes están al revés,” le dijo su padre, quien a pesar de haber cursado sólo hasta el cuarto grado de escuela elemental era capaz de discernir con la habilidad de un meteorólogo cuando amenazaba seriamente un huracán.

El paso de las nubes era irregular, de norte a sur en lugar de este a oeste. Para su padre esta información era usual. Pero para su hijo, aquel dato era algo maravilloso que dejaría en él una marca imborrable. Su padre le había abierto la puerta a uno de los secretos de la naturaleza y sin saberlo lo lanzó a descubrir muchos más por sí mismo.

Todo comenzó en aquel terreno. Las noches mirando al cielo, deslumbrado por el contorno de estrellas en el firmamento. Las mañanas escuchando con detenimiento cada uno de los  trinos de los distintos pájaros. El tiempo que pasó sembrando y hasta una que otra clase de anatomía que dictó de adolescente, mostrándoles a sus amigos cómo se realiza la disección de un sapo.

Allí desarrolló su curiosidad por el entorno y sentó las bases para lo que sería su vida: La vida de un erudito que ha mantenido su mente en los misterios más lejanos del Cosmos y sus pies muy cerca de la rugosidad del suelo. Un hombre que se ha destacado tanto por su excelencia profesional como por su bondad y perseverancia en el servicio.

Es una de las personalidades más reconocidas en el campus del RUM y sus contribuciones a la rama de la oceanografía son conocidas mundialmente. Se mantiene como director del Centro de Recursos para Ciencia e Ingeniería (CRCI), después de haberse retirado como profesor en el 2000. Como administrador ha dirigido proyectos de investigación subvencionados con fondos que sobrepasan los 17 millones de dólares. Y tal vez su orgullo mayor: los 12 estudiantes de doctorado y 13 de maestría que ha graduado en más 45 años de cátedra.

Sus logros, sin embargo, han dejado intacta su humildad. En su agenda, figuran con igual prominencia una reunión con científicos de la NASA que una charla del medio ambiente en alguna escuela elemental. Sus colegas administradores lo ven como un mentor y, aunque ha dicho que se jubilará como director del CRCI cuando cumpla sus 80 años, nadie puede imaginar a González Lagoa lejos del campo de la investigación y de la ciencia.

“Es una persona buena, de un gran corazón y de una gran nobleza,” dice la doctora Yasmín Detrés quien fue una de sus estudiantes de maestría.

“Él es el mejor ejemplo de lo que es excelencia científica. Es una persona que conoce muchos temas y puede dictar un curso en cada uno. Adonde él llega es imposible que no eduque a alguien.”

Pero el recorrido hacia su propia educación ha sido largo. Comenzó de forma inusual cuando la iglesia envió a un grupo de sacerdotes irlandeses para que aprendieran español en su barrio. Pero en vez de hablarles a los sacerdotes en español como era el plan, González Lagoa se armó de un diccionario de inglés y empezó a memorizar palabras en orden alfabético. Adquirió mucho vocabulario, aunque no sabía cómo usar las palabras en oraciones completas, pero su mente siguió abriendo horizontes que apuntaban hacia lugares más allá de su finca.

Sus padres entendían el valor de la educación y permitieron que continuara sus estudios de escuela elemental a intermedia y de intermedia a escuela superior aún cuando esto suponía prescindir de él y de su trabajo en la finca. Sabían cuánto él valoraba la escuela, pues lo veían hacer sacrificios para poder estudiar. Sus maestros veían su potencial y siguieron su progreso hasta verlo llegar al Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas, lo cual suponía un gran logro para cualquiera en esa época, mucho más para alguien proveniente de un hogar humilde.

En el Colegio pulió sus intereses por el magisterio y aunque la Universidad no ofrecía un grado en pedagogía, se matriculó en Estudios Generales  con la idea de seguir el currículo de Ciencias con especialidad en Zoología. Hizo una concentración menor en Química y se empezó a proyectar como futuro médico. Pero el destino tenía algo distinto reservado para él y en las postrimerías del bachillerato, recibió una oferta que no pudo rechazar.

La Universidad había recién adquirido la isla Magueyes y el doctor Juan A. Rivero, profesor de Biología, ya veía nacer un instituto de estudios marinos con sede en la islita. Anticipando la necesidad de profesores para el nuevo departamento, el doctor José A. Ramos, a instancias de Rivero, le ofreció enviarlo a estudiar Oceanografía en Estados Unidos. Su admiración y respeto por ambos fue tal que no dudó en cambiar sus planes.

Del Colegio pasó a la Universidad de Texas A & M, donde completó su maestría en Oceanografía y más tarde a la Universidad de Rhode Island en Kingston para su doctorado, lo cual lo preparó para una breve carrera en la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés).

Ésta era la segunda vez que cambiaba drásticamente su plan de vida. En una ocasión anterior había considerado seriamente ir al seminario para ser sacerdote. Esto, tal vez influido por aquellas charlas en inglés con los sacerdotes irlandeses o como él dice: Por “ayudar a la gente, por ayudar a alguien.”

Pero su idilio con el conocimiento tuvo consecuencias de índole espiritual.

Las respuestas que alguna vez encontró en la Biblia para satisfacer sus inquietudes acerca del entorno ya no tenían sentido para él. No podía entender como un Dios podía haber creado el sol en el cuarto día si para que hubiera días debía existir el sol. Esto trazó un conflicto interno que aún no ha superado.

™El ver la grandiosidad de esto que nos rodea y no encontrar la solución en un ser que lo creó,∫ como él dice, le hizo buscar en su intelecto las respuestas a sus curiosidades sagradas.

™En el conocimiento, ahí está mi Dios,∫ expresa González Lagoa. ™El conocimiento es la fuerza motriz que mueve nuestra sociedad.∫

Pero este cambio ha dejado en él un conflicto interno que carga silentemente, pues respeta las creencias de aquellos a quien tiene cerca y que han podido encontrar su lugar en el mundo a través de la religión.

Por eso no es inusual oírle despedirse en una conversación con alguno de sus seis hijos con un convincente: ™Dios esté contigo y te ayude.∫ O verlo acompañar de  la mano a su esposa Carmen Rosado a la iglesia y apoyarla cuando, en sus momentos de delicada salud, rogaba a Jesús que intercediera para que apareciera un donante de riñón después de más de cinco años de diálisis.

™Le inculqué las cuestiones Divinas,∫ dice González Lagoa, ™pero les dejé que ellos decidieran qué hacer. No he querido que ellos piensen que yo no creo en estas cosas.∫

Pero Carmen sabe que su fe religiosa es más fuerte que la de su esposo. Y entiende que su enfermedad ha sido una prueba muy dura para él. González Lagoa describe la enfermedad de Carmen como una espina en el alma. El ver a su esposa enferma y no poder ayudarla es algo que ™me está decimando la vida en estos momentos.∫

Por eso pasa las tardes, las mañanas y los días entretenido en el saber. Y no es que no ame lo que hace. Se disfruta al máximo esas mañanas enseñándoles a estudiantes de escuela elemental acerca de los mangles o de los planetas. Es una vocación de vida, inculcarles a los niños que presten atención al entorno, y además demostrar la importancia de esa zona de transición que es el mangle, capaz de restaurar los nutrientes de un mar que está perdiendo la batalla contra la contaminación y el desarrollo desmesurado.

Pero además, los estudios y los viajes de campo son un refugio para subsanar esa herida en el alma. Para afrontar esos días cuando su esposa le cuesta salir de la cama y él anhela, como un niño, descubrir algo nuevo.

™Da conferencias hasta en Vieques,∫ comenta Carmen, ™y cuando no son del sol, son de las estrellas y cuando no, son del mangle.∫

Ella sabe cuánto la ama su esposo. Él hace el trabajo más pesado en la casa. Cocina y friega durante la semana. Barre y mapea toda la casa durante el fin de semana.

™Cualquier cosa que le pida, si está en sus manos, yo sé que él me lo va a conceder,∫ señala.

Pero hay algo que ella quisiera y no se atreve a pedirle. Y si lo pide no se atreve a insistir.

Es el tiempo. El tiempo que ella quisiera pasar junto a él.

™No hace falta hacer mucho,∫ expresa. ™Simplemente estar juntos. Ir a un lugar en donde nos olvidáramos del reloj.∫

Pero ella sabe que esa petición no está a su alcance. Es algo que no puede controlar. Si están en un hotel lujoso con vista al mar, él se levanta temprano y se sienta en el balcón con una tesis del tamaño de un tomo de enciclopedia. Como dice Carmen: ™Tú no sabes decir no.∫

Pero es por eso y muchas cosas más que sus colegas lo admiran y lo tienen de ejemplo. Porque cuando un estudiante de maestría necesita que le haga un revisión a su tesis de un día para otro él está ahí. Inclusive, el día en que por vez número 13 llamaron de Texas para anunciar que ya había un trasplante para Carmen, ella tuvo que salir de Puerto Rico sola pues una de las estudiantes de González Lagoa tenía que defender su tesis. Él llego más tarde; y permanece a su lado, pero ella sabe que cuando él finalmente se jubile como director de CRCI, eso no significará que se retira de las ciencias.

Todavía estará allí dispuesto a dar la milla extra por algún estudiante. O irá a alguna escuela a hablar de las estrellas. O saldrá a La Parguera con sus instrumentos de medición a examinar la bioluminiscencia. Pues como el mismo dice:

™Me falta un mundo de razones por delante.∫

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