Nuestro comportamiento amenaza al Fitoplancton, responsable de la producción de más de la mitad del oxígeno del planeta

Por Milton Muñoz Hincapié

Los ecosistemas marinos están bajo una innegable amenaza debido a los altos niveles de contaminantes que llegan a diario a nuestros ríos, mares y atmósfera. La principal causa de esta alarmante situación es el aumento en la población mundial que reclama recursos para continuar el ritmo de vida y el desarrollo tecnológico que hemos alcanzado actualmente.

Es de amplio conocimiento la disminución progresiva en la cubierta vegetal de la selva húmeda debido principalmente a la tala continua de árboles en la región Amazónica, ya sea con fines comerciales legales o ilegales, o de subsistencia de colonos o campesinos que van ampliando la frontera agrícola para la siembra de pastizales que alimentarán su ganado y el desarrollo de cultivos de subsistencia. De igual manera, se conoce que las emisiones de algunos refrigerantes, propelentes y fungicidas afectan y disminuyen la capa de ozono y que alimentamos el desbalance de los gases de invernadero que a diario inyectamos a la atmósfera. Sin embargo, no comprendemos la magnitud del problema ambiental que afecta a nuestros océanos, principalmente al fitoplancton.

Etimológicamente, la palabra plancton se origina del término griego, “planktos” que significa “a la deriva” o “errante.” El plancton está compuesto por tres grandes grupos de distinta naturaleza. El primer grupo lo integran pequeñas algas procarióticas o eucarióticas que poseen clorofila y otros pigmentos accesorios, similares a los de las plantas terrestres, que les permiten transformar la energía lumínica del sol en energía química necesaria para su llevar a cabo sus funciones vitales. Este grupo es conocido como Fitoplancton (del griego “phyton” que significa “planta”) y es por tanto el componente autotrófico o generador de alimento.

El segundo componente primordial del plancton es el Zooplancton, que está conformado por diferentes especies de animales, desde protozoarios a grandes metazoarios. Éstos a pesar de que poseen estructuras como cilios, flagelos o filamentos que les permiten el movimiento, están a merced de las corrientes. Este grupo es heterótrofo, es decir, no fabrica su propio alimento y consume a especies del fitoplancton, desechos o detritos en las aguas oceánicas y a especies del tercer grupo del plancton conocido como Bacterioplancton. Este último grupo está compuesto por bacterias que cumplen un papel fundamental en la remineralización de la materia orgánica en la columna de agua, reciclando todos los nutrientes necesarios para el funcionamiento de los seres vivos.

El plancton desempeña una tarea muy importante en la fijación o utilización del CO2 que se encuentra en la atmósfera y su exportación a aguas más profundas del océano o al fondo marino. Además, contribuye a exportar o secuestrar aproximadamente 8 millones de toneladas de CO2 al año o 2200 millones de toneladas de carbono al año, pero las actividades humanas que involucran la quema de combustibles fósiles inyecta a la atmósfera más del doble de esa cantidad anualmente. El plancton también es responsable de la producción de más de la mitad de todo el oxígeno de nuestro planeta; a nivel trófico es el inicio de la cadena alimentaria. El término trófico se refiere a la sucesión de relaciones entre los organismos vivos que se nutren unos de otros en un orden determinado.

El estudio de la dinámica del plancton ha generado grandes cúmulos de conocimiento sobre el funcionamiento del océano y la vida en la tierra.

El plancton ostenta un papel protagónico desde la expedición del HMS Challenger hasta las más recientes expediciones oceanográficas que buscan entender los efectos del calentamiento global en todos los componentes del plancton. En la oceanografía moderna hay dos trabajos científicos que marcan un antes y un después en las ramas de la Oceanografía y la Limnología -ciencias que estudian los océanos y los cuerpos de agua dulce, respectivamente- y ambos tienen como protagonistas al plancton.

El primero fue The Biological Control of the Chemical Factors In The Environment, publicado por el científico Alfred C. Redfield en 1958. Los hallazgos de este trabajo abonarían el terreno para ampliar los conocimientos de los ciclos biogeoquímicos. La famosa razón de Redfield (1 Fósforo: 16 Nitrógeno: 106 Carbono), analiza los hallazgos de las proporciones estadísticas en las que ciertos elementos entran en el ciclo biológico en el océano, así como su disponibilidad relativa en las aguas oceánicas.

Tres años más tarde el zoólogo anglo americano George E. Hutchinson, publicó su célebre artículo titulado The Paradox of the Plankton, en el que hace un análisis sin precedentes sobre la dinámica ecológica del plancton, al considerar que la gran variedad de especies que lo conforman puedan sobrevivir en un medio aparentemente tan uniforme y no estructurado donde todas las especies están compitiendo por el mismo tipo de nutrientes. Esta paradoja parecía contradecir el Principio de Exclusión de Hardin (1960), que plantea que una especie puede sacar de competencia a las demás y que al final en una situación de equilibrio el ensamblaje del plancton se puede reducir a una población de una sola especie.

Hutchinson realiza consideraciones muy importantes que pueden resolver esa paradoja. De igual manera, estudios modernos sobre el pastoreo selectivo de tamaños y la heterogeneidad y variabilidad del medio marino, también ayudan a entender la paradoja del plancton. El interés de la comunidad científica por comprender los efectos del cambio climático global provoca que poco a poco la comunidad en general vaya entendiendo que estamos afectando de manera significativa nuestro mayor y más ignorado precursor de vida en nuestro planeta.

El plancton no sólo se ve afectado por el incremento en las concentraciones de gases de invernadero como el CO2, sino también por desechos de hidrocarburos y basura sintética. En este último caso, la situación se ha tornado sumamente crítica debido a la existencia de grandes parches de plásticos que por acción de las corrientes se han establecido en las regiones subtropicales de nuestros océanos. En el caso del Giro Subtropical del Pacífico Oriental (GSPO), esa gran mancha de plásticos y basura sintética alcanza un tamaño equivalente a dos veces el estado de Texas y así como esa existen cuatro más flotando en nuestros océanos. Esto ocurre así en el GSPO porque en esa región del océano las corrientes circulan a muy baja velocidad y forman un vórtice que alcanza un diámetro de cientos de kilómetros, lo que favorece la acumulación de cualquier material que se encuentre a la deriva. En estas áreas el plancton está siendo desplazado por la basura: por cada 6 libras de plástico apenas hay una de plancton. Eso sin contar el efecto de sombra que impide que la luz pueda penetrar y facilitar que el fitoplancton lleve a cabo la fotosíntesis.

El problema mayor con este tipo de contaminantes no biodegradables es que sólo se desintegran con la exposición prolongada a la luz ultravioleta del sol y al movimiento del oleaje, generando miles de pedazos más pequeños. En este largo proceso se libera un gran número de compuestos químicos de alto poder cancerígeno que entran en los primeros eslabones de la cadena trófica y finalmente llegan a los depredadores de alto orden donde está incluida la raza humana. Un gran número de aves marinas se alimentan selectivamente de estas partículas pues las confunden con pequeños crustáceos. Otras mueren con sus estómagos llenos de tapas de botellas, encendedores y un gran número de objetos plásticos que flotan en las aguas oceánicas.

Uno de los contribuyentes silenciosos de la decadencia del Imperio Romano fue el envenenamiento progresivo con el plomo de sus vajillas y recipientes para almacenar alimentos, agua y vino. Hoy día quien está peligrosamente amenazado es el imperio de la raza humana, pero este envenenamiento es a escala global, afectando a todos y cada uno de los miembros de la cadena trófica, pues estamos cambiando drásticamente el equilibrio de nuestro entorno.

Nos acercamos al final de la primera década del siglo 21 y aún no hemos resuelto efectivamente problemas como: la producción excesiva de desperdicios, la contaminación de los océanos y mares de nuestro planeta y la falta de interés por la protección y la conservación de los recursos naturales. Por tal razón, tenemos la responsabilidad de exigir un cambio en nuestros hábitos y perspectivas acerca de los océanos y de nuestro planeta en general. Igualmente debemos formular y responder las siguientes preguntas: ¿Cómo estamos ajustando nuestro ritmo de vida de manera tal que podamos reducir los niveles de consumo? ¿Estamos viviendo una doble moral al pedir conservación y cuidado de los ecosistemas marinos y al mismo tiempo continuar el consumo desmedido de recursos naturales?

Ya evidenciarán los artículos científicos, dentro de 100 años, cuáles fueron las consecuencias de nuestras decisiones durante estos primeros años del siglo 21. Es de esperar que a nivel de dirigentes, empresarios y ciudadanos en general tomemos las decisiones necesarias para paliar o disminuir el efecto de nuestra presencia dominante en el planeta.

La salud del plancton en nuestros océanos y la de todos los ecosistemas que de él se derivan constituye  un buen índice para medir la salud de la raza humana, pues sin el plancton, el futuro de la especie humana está a la deriva.

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