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	<title>Revista Marejada &#187; Vidas Apasionadas</title>
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	<description>Revista Ambiental del Programa de Colegio Sea Grant</description>
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		<title>Omar &#8220;Pichón&#8221; Ortiz y Oliver Bencosme: Dos amantes del surf en surfline</title>
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		<pubDate>Wed, 23 Nov 2011 16:56:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Vidas Apasionadas]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: Mydalis M. Lugo Marrero Dos artistas de la fotografía, y también amantes del surf, tuvieron la oportunidad de salir en una de las páginas virtuales más importantes en este deporte: surfline.com. Allí, Oliver Bencosme y Omar &#8220;Pichón Duarte&#8221; Ortiz, miembros del equipo de trabajo del Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por: Mydalis M. Lugo Marrero</p>
<p>Dos artistas de la fotografía, y también amantes del surf, tuvieron la oportunidad de salir en una de las páginas virtuales más importantes en este deporte: surfline.com. Allí, Oliver Bencosme y Omar &#8220;Pichón Duarte&#8221; Ortiz, miembros del equipo de trabajo del Programa Sea Grant de la Universidad de Puerto Rico, expusieron un corto video en la que el surfista Brian Toth corría una ola. Además de realizar su trabajo como fotógrafos, artistas, diseñadores gráficos y camarógrafos, estos dos jóvenes comparten la pasión por correr olas. Bajo el nombre de <em>Burracas</em>, han creado una serie de videos, disponibles en youtube.com y en surfcaribe.com, en la que se captura ese momento epifánico de montar una ola.</p>
<p>El video, que tiene un pietaje de 12 segundos y el que se extiende a unos 44, fue grabado en un <em>secret spot</em> de Aguadilla.</p>
<p>Para Omar &#8220;Pichón Duarte&#8221; Ortiz,  <em>surfline</em> les ha dado una oportunidad:</p>
<p>&#8220;Es importante, para mí, este tipo de publicación, ya que es a nivel mundial y toda la comunidad del surfing entra a este tipo de páginas. En estas páginas, usualmente, publican los videos de grandes filmógrafos que trabajan en producciones internacionales y en lugares exóticos, para documentar las manifestaciones del océano y el <em>life style</em> de la subcultura del surfing.&#8221;</p>
<p>El equipo de Sea Grant se siente orgulloso de su trabajo y de cómo ha sido aceptado por la comunidad.</p>
<p>¡Enhorabuena!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Para ver el video puede acceder a <a href="http://www.surfline.com/surflinetv/sixty-seconds/toths-puerto-rico-spitter_62703">http://www.surfline.com/surflinetv/sixty-seconds/toths-puerto-rico-spitter_62703</a>
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		<title>GODO: Un pescador al servicio de los estudiantes</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Nov 2009 13:19:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>candreu</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vidas Apasionadas]]></category>
		<category><![CDATA[estudiantes]]></category>
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		<description><![CDATA[Por Cristina D. Olán Martínez Hay en Magueyes un espíritu de pez transmigrado a un cuerpo de hombre. No lleva prendas ni ropas suntuosas. Transita los muelles casi como Dios lo trajo a esta vida. Sus ojos claros exploran el mar de su niñez y lo transportan al pasado. En los canales de La Parguera, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Cristina D. Olán Martínez</p>
<p>Hay en Magueyes un espíritu de pez transmigrado a un cuerpo de hombre. No lleva prendas ni ropas suntuosas. Transita los muelles casi como Dios lo trajo a esta vida. Sus ojos claros exploran el mar de su niñez y lo transportan al pasado.</p>
<p>En los canales de La Parguera, tan sinuosos como su vida misma, navegan los recuerdos de sus 62 años de experiencias. Godoberto López Padilla no olvida la primera vez que contempló la Bahía bioluminiscente, los veleros que transportaban a los pescadores, las salidas de madrugada a pescar con su padre y los miles de peces pargos que recorrían estas aguas y que dan nombre al lugar. Tampoco, se escapan de su memoria los paseos con sus hijos al mar, el primer encuentro con su esposa actual y todas las ocasiones en las que se ha lanzado al agua con el noble propósito de ayudar a estudiantes a realizar sus proyectos de investigación.</p>
<p>Su oficina es custodia de sus tesoros, secretos y pesares más recónditos. Allí se resguardan del sol, del agua y del viento las fotos de sus hijos –uno de ellos ya fallecido—, la bolsa de dormir que utilizaba cuando vivió allí después de su divorcio, los recuerdos de los días en los que bebía para evadir momentáneamente sus problemas, su bitácora y sus instrumentos de pesca.</p>
<p>Este lobo de mar, como lo describe su esposa Waleska, se ha ganado el respeto de muchos en el Departamento de Ciencias Marinas del Recinto Universitario de Mayagüez desde que empezó a trabajar en Magueyes en el año 1972. En 1979, “Godo”  como lo conocen sus colegas, ocupó la primera plaza de buzo que existió en todo el sistema de la Universidad de Puerto Rico. Trabajando en Magueyes, ha sido pieza clave de muchas de las investigaciones que allí se realizan, algo que desafía las expectativas de alguien que creció bajo las circunstancias más humildes y que con mucho sacrificio logró estudiar.</p>
<p>En la casa donde nació no existían lujos. Las paredes fueron fabricadas con trozos de madera que traía la mar y ramas de palma secas. El  techo estaba formado por pedazos de latas, mayormente de manteca y de mantequilla. El piso era de tierra. Su papá lo había compactado de manera tan perfecta que los cangrejos no podían hacer sus cuevas allí.</p>
<p>Hoy, no existen casas en ese lugar, pues está ocupado por el conocido Hotel Villa Parguera. Ésta es sólo una de las cuantiosas transformaciones que ha experimentado su barrio.</p>
<p>La Bahía bioluminiscente de Lajas — alguna vez la más resplandeciente del mundo— ha perdido mucho de su brillo. Las aguas más prístinas del ayer, se mezclan hoy con el aceite de los botes y los desperdicios de algunas casas aledañas. Un número importante de los arrecifes han emblanquecido. Los cardúmenes de peces han mermado. Los mangles han disminuido y las raíces de los árboles de su infancia han sido enterradas bajo la construcción de casetas, hoteles y ostentosas residencias  para vacacionar.</p>
<p>Godo ha presenciado estos cambios y los sufre.</p>
<p>“Esto en sí, en verdad era un paraíso,” señala. “La bahía era todo un anclaje de veleros, botes de pescadores. En esos botes, no había motor, lo que habían eran remos y velas. Por esa razón era que esto era tan virgen.”</p>
<p>Además, extraña aquellos años en los que todo el mundo se conocía, cuando sólo contadas familias de pescadores poblaban el lugar.</p>
<p>“Siguió creciendo nuestro poblado. Se extendió hacia arriba, se extendió hacia abajo. El poblado de La Parguera era solamente donde están los muellecitos, una casita por aquí, una casita por allá. Hemos visto no solamente el progreso sino el deterioro de todo, incluyendo el arrecife, incluyendo el mangle, es más, hasta la tranquilidad de nuestra área.”</p>
<p>Tantas memorias provocan que de sus ojos broten lágrimas. Son lágrimas que, satinadas a la luz del sol del mediodía en el muelle, dan testimonio del profundo amor que siente por su poblado.</p>
<p>Tal es su lealtad por La Parguera,  que desea que al morir sus cenizas sean mezcladas con cemento para formar una especie de domo que será incrustado en uno de los arrecifes.</p>
<p>Y es que Godoberto se conoce La Parguera en todas sus facetas, desde el amanecer hasta que atardece. Conoce sus vientos, sus corales y sus peces. Sabe dónde se esconden los pulpos y las langostas, los meses en que desova el pez capitán y cómo se pesca correctamente un carrucho.  Se guía por el sol, los árboles, los montes y las estrellas. La naturaleza misma le provee todo lo que necesita. Es el Godo’s Positioning System (GPS), como lo bautizó uno de sus estudiantes.</p>
<p>Sus días de pescador le han otorgado esa sabiduría de la vida y, sobre todo, del mar. La pesca ha sido parte de su vida desde los ocho años, cuando su padre los sentó a él y a su hermano mayor a la mesa  y les dijo que ellos también tendrían que pescar. Fue una de las lecciones más importantes de su vida: aprender a alimentar a su familia.</p>
<p>“Era fuerte levantarnos a esa hora y perder un día de clases. Mi hermano iba a pescar un martes y yo, un sábado. Luego, él pescaba un sábado y yo un martes.  Muchas veces, en los meses de lluvia como mayo, nos tocó salir a pescar bajo el aguacero. Uno no podía negarse.  Era mejor mojarse a  que te mojaran a cantazos.”</p>
<p>De la pesca a la academia</p>
<p>A pesar de las dificultades, Godoberto también pasó momentos inolvidables con su padre, a bordo del Carmen Viola, bote de vela que don Pedro usó por más de treinta años. Allí aprendió a trabajar  la pesca como cualquier agricultor trabaja su finca. De su madre aprendió a ser humilde, a “tener  vergüenza.” De su padre aprendió que para poder pescar había que cultivar y proteger el mar.</p>
<p>Godo se entregó a la pesca de meros, samas, pargos, langostas y colirrubias hasta llegar a la adultez, pero nunca dejó a un lado su deseo de aprender. Ante la falta de instrucción escolar, Godo aprendía de los profesionales y de los más viejos.</p>
<p>“Me gustaba estar con personas mayores que yo, personas que habían ido al ejército, que tuvieran un título, que pudieran contar anécdotas. Aprendía de la gente a la que le daba los paseos en bote.”</p>
<p>Fue esta pasión por el aprendizaje que lo motivó a tomar los exámenes libres que le permitieron obtener su diploma de cuarto año a los 19 años de edad. Deseaba ser ginecólogo o cirujano, pero las dificultades económicas se impusieron.</p>
<p>Emigró a Newark, donde laboró  en distintas fábricas durante cinco años. En unas vacaciones en las que regresó a Puerto Rico se casó con Evangelina Flores Ramírez, su pareja en el desfile de graduación de sexto grado. Cuando quedó embarazada, retornaron a Puerto Rico y tuvieron a su primera hija, quien lleva el mismo nombre que su madre.</p>
<p>Aunque tenía trabajo y un apartamento que le había alquilado a su abuela materna, se sentía solo y distante de sus raíces. Para Godo, esos fueron años perdidos.</p>
<p>“La vida allá no es fácil,”  expresa. “Allá no hay familia.”</p>
<p>Por eso, a pesar de que al regresar a Puerto Rico tenía poco dinero  y de que tuvo que construir un rancho de ocho pies por ocho pies, se sentía feliz al encontrarse cerca de su gente.</p>
<p>A los 25 años,  trabajó  en la construcción. Por su primer día de trabajo recibió un modesto pago de cuatro dólares. En las tardes, Godo salía a pescar a bordo de su yolita El Meneo.</p>
<p>“En Parguera, o pescabas, o te ibas a trabajar en la ganadería, o te dedicabas a pasear a los turistas en los botes,” comenta Godoberto.</p>
<p>Godo continuó trabajando en la construcción de algunos edificios en Magueyes. Un problema con un inspector de obras fue el motor que necesitó para dejar la construcción. La tarde en la que renunció, Ignacio Rodríguez, carpintero en Magueyes,  le comentó que en el Instituto de Biología Marina –nombre con el que se conocía al Departamento de Ciencias Marinas anteriormente—  buscaban un guardia de terrenos. Esa noche del 17 de septiembre de 1972, transformó su vida hasta el día de hoy.</p>
<p>Godo, además de ser guardia,  sustituía al botero dos veces por semana. Para 1979, el director de buceo, el señor Walter Hendrix, le ofreció la oportunidad de certificarse en buceo. De esta manera, llegó a la posición que ocupa hoy día: Asistente del director de actividades subacuáticas.</p>
<p>Con el pasar de los años, la isla de Magueyes se convirtió en su hogar, literalmente. Al divorciarse de su primera esposa, Godo le dejó la casa a ella y a sus cuatro hijos –Evangelina, Godoberto, Angélica y Carlos— y se mudó  a su oficina. Viviendo allí, evitó varios accidentes, entre ellos un fuego que se estaba a punto de formarse por una bombilla que se quedó  encendida y puesta boca abajo en uno de los botes.</p>
<p>Magueyes no representa sólo un lugar de trabajo o residencia. También es el lugar donde conoció a Waleska Cruz, su esposa en actual.</p>
<p>Amor bravío</p>
<p>Después de insultarse, de mirarse mal, de discutir, de hacerse la vida imposible, de querer sacar al otro del camino, de cerrarse el tanque de aire bajo el agua, se casaron.</p>
<p>Así es la historia de Godo y Waleska. La relación entre el maestro y su aprendiz de buzo no comenzó  bien. Waleska le delegaba la coordinación de las citas a una amiga en común, pero siempre ocurría una de dos cosas: o las citas confligían con el horario de clase o la amiga no le comunicaba a tiempo la fecha de la cita. Las ausencias de Waleska enojaban al maestro.</p>
<p>Dos semanas después de la tercera ausencia, Waleska y Godo conversaron por vez primera.</p>
<p>“Yo soy Waleska Cruz,” se presentó, mientras trataba de expresarle su interés en tomar las clases de buceo.</p>
<p>“Usted es la que ha sacado las citas conmigo y no ha venido a ninguna,” mencionó Godo.</p>
<p>Waleska le explicó lo ocurrido y coordinaron la primera clase.  No obstante, Godo conservaba su enojo. Por eso, le advirtió:</p>
<p>“Bueno pues entonces, tendrá que venir acá, porque si usted es de Mayagüez, yo  no puedo llevarle el mar a Mayagüez.”</p>
<p>Transcurridos varios días, Waleska llegó temprano en la mañana a Magueyes. Llevaba puesta una pamela y gafas para el sol. Al verla, él le preguntó:</p>
<p>“¿Pa’ donde usted se cree que viene? Usted no viene de pasadía; usted viene aquí a trabajar.”</p>
<p>De ahí en adelante comenzó  una relación que se limitaba a las clases y al trabajo bajo el agua. Godo pensaba que ella era “la niña engreída de mami y papi, la niña de dinero.” Para Waleska, “Godo era un antipático y malcria’o.”</p>
<p>A pesar de las fricciones, una relación de amistad floreció eventualmente. Waleska comenzó a confiar más en él. Godo, por su parte, colaboraba con ella en algunos muestreos. Si uno de ellos no estaba presente en Magueyes, el otro lo extrañaba.</p>
<p>Las peleas con el tiempo fueron sustituidas por conversaciones amenas, invitaciones a cenar y una gran dosis de respeto y paciencia.</p>
<p>Godo y Waleska se casaron el 29 de octubre de 1994. Actualmente, viven en Lajas y son padres de una adolescente. Acerca de su matrimonio Waleska bromea y comenta: “La única competencia para mí son sus estudiantes.”</p>
<p>Entregado al servicio</p>
<p>Los estudiantes han encontrado en Godo a un padre y a un amigo. Él ha sido para ellos un maestro estricto y sabio que los ha llevado a dar lo mejor de sí. Resulta casi imposible contar cuántos estudiantes han saboreado su comida después de una agotadora sesión de buceo.</p>
<p>“Más que un empleado, es un amigo,” expresa la ex-alumna Yaritza Rivera Torres. “Es como un papá para los estudiantes magueyeros. Como maestro es paciente y exigente. Su enfoque es que aprendas para que cuando tú estés sin él puedas hacer una buena labor. Ayuda sin esperar nada a cambio. La mayor recompensa para él es ver que la gente sea feliz, que aprendan y que sean exitosos.”</p>
<p>Así como Godo le ha servido a sus estudiantes, también ha servido a otros en La Parguera. Perteneció  a la directiva de las batuteras y dirigió varios equipos de beisbol y softball. En el deporte, Godo encontró una manera de alejar a los jóvenes de la inactividad y de los vicios.</p>
<p>Además de apasionarle el juego de pelota, el buceo y la natación, Godo también corre bicicleta diariamente. Mientras pedalea por el valle de Lajas, en las tardes, suele contemplar la caída del sol bañando los arrozales y las pequeñas motas blancas que se asoman de las plantas de algodón. A menudo tararea las melodías de “Mi viejo” y “El cáliz dorado,” las canciones favoritas de su padre y de su madre, respectivamente.</p>
<p>En las cuestas más empinadas piensa en su esposa, en sus hijos pero, sobre todo, en el mayor de sus dos varones: Godito.</p>
<p>Godito fue un joven alegre y trabajador. Disfrutaba el baile y con frecuencia ganaba las competencias que se hacían en las fiestas patronales. En Navidades se destacaba como trovador. Le gustaban las mismas cosas que a su padre: el béisbol, el softball y la pesca. Corría y pescaba con él. Cuando tenía 5 ó 6 años, Godo lo montaba en una balsa en la parte de atrás del bote mientras pescaba.</p>
<p>Sin embargo, de adolescente se distanció  de los consejos de su padre. Descubrió la bebida y las drogas. Trabajó como animador de fiestas, disc jockey, buzo en los botes que visitaban la Bahía bioluminiscente y administrador de un restaurante.</p>
<p>Estuvo internado en numerosos hospitales y clínicas. En múltiples ocasiones se vio al borde de la muerte pero se recuperaba. Cuando se sentía mejor se escapaba de los hospitales y abandonaba los tratamientos.</p>
<p>Su salud fue empeorando  y con ella la energía y el deseo de vivir. Murió en un hospital a los 26 años de edad. Su entierro fue uno de los más concurridos en el área.</p>
<p>“A veces me pongo a correr bicicleta y pienso en él,” expresa Godo entre lágrimas y repetidos silencios. “Muchas veces voy a correr bicicleta y me encuentro con un pesar, con una negatividad  como que no voy a poder hacerlo. Empiezo a subir los montes y me encuentro como débil y le pido a él: ‘Godito ayúdame’ y me ayuda mucho.”</p>
<p>Estos paseos en bicicleta son prueba del buen estado de salud de Godo. Este experimentado pescador, cuenta con un nivel de energía que cualquier joven envidiaría. A veces practica la pesca de línea por las tardes y esporádicamente juega softball. El ejercicio lo ayuda a mantenerse en forma y  a controlar la diabetes. Su familia y muchos de los estudiantes de ciencias marinas están muy al tanto de los alimentos que ingiere. Además, la bebida ya no forma parte de su vida. Godo reconoce que la aparición de Waleska en su camino lo ayudó a dejar el alcohol a un lado y a superar los momentos difíciles que atravesó luego del divorcio.</p>
<p>Se siente satisfecho de su  carrera como maestro de buceo en Magueyes y disfruta colaborar con los estudiantes. También, se encuentra experimentando ser padre de una adolescente por quinta vez y ser abuelo de un total de diez nietos. Ésta es la razón principal por la que ha comenzado sus trámites para acogerse a la jubilación.</p>
<p>Aunque la fecha de su jubilación ya está pautada para el 31 de diciembre de 2009,  su compromiso con los estudiantes permanece vigente.</p>
<p>Los estudiantes seguirán siendo su familia extendida y el mar, su eterna pasión.</p>
<p>“Seguiré ayudando a los estudiantes hasta que ya no pueda coger un tanque,” comenta Godo entre risas.</p>
<p>No obstante, extrañará su terapia principal: Trabajar diariamente en La Parguera.</p>
<p>“Respira el aire, esto es salud,” dice al conducir su lancha hacia los cayos, los mismos cayos que han sido testigos silentes de sus alegrías, de sus tristezas y de su amor por el océano.
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		<title>Oda al conocimiento: La vida del Profesor Juan Gerardo González Lagoa traza sendas de inspiración y de sabiduría</title>
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		<pubDate>Wed, 18 Feb 2009 15:57:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vidas Apasionadas]]></category>
		<category><![CDATA[Conocimiento]]></category>
		<category><![CDATA[Juan Gerardo]]></category>
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		<description><![CDATA[A sus 76 años, el doctor Juan Gerardo González Lagoa aún recuerda cuáles fueron los únicos dos días en los que faltó a la escuela. Fueron un 14 y 15 de octubre, en la víspera de la llegada del huracán San Calixto en el año 1943. Era un niño de 10 años que estaba dispuesto a caminar diariamente tres millas de ida y tres de vuelta para llegar a su salón. Pero aquel día no pudo salir de su casa en el sector Río Hondo de Mayagüez...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por Milton D. Carrero Galarza</p>
<p>A sus 76 años, el doctor Juan Gerardo González Lagoa aún recuerda cuáles fueron los únicos dos días en los que faltó a la escuela.</p>
<p>Fueron un 14 y 15 de octubre, en la víspera de la llegada del huracán San Calixto en el año 1943. Era un niño de 10 años que estaba dispuesto a caminar diariamente tres millas de ida y tres de vuelta para llegar a su salón. Pero aquel día no pudo salir de su casa en el sector Río Hondo de Mayagüez.</p>
<p>“Las nubes están al revés,” le dijo su padre, quien a pesar de haber cursado sólo hasta el cuarto grado de escuela elemental era capaz de discernir con la habilidad de un meteorólogo cuando amenazaba seriamente un huracán.</p>
<p>El paso de las nubes era irregular, de norte a sur en lugar de este a oeste. Para su padre esta información era usual. Pero para su hijo, aquel dato era algo maravilloso que dejaría en él una marca imborrable. Su padre le había abierto la puerta a uno de los secretos de la naturaleza y sin saberlo lo lanzó a descubrir muchos más por sí mismo.</p>
<p>Todo comenzó en aquel terreno. Las noches mirando al cielo, deslumbrado por el contorno de estrellas en el firmamento. Las mañanas escuchando con detenimiento cada uno de los  trinos de los distintos pájaros. El tiempo que pasó sembrando y hasta una que otra clase de anatomía que dictó de adolescente, mostrándoles a sus amigos cómo se realiza la disección de un sapo.</p>
<p>Allí desarrolló su curiosidad por el entorno y sentó las bases para lo que sería su vida: La vida de un erudito que ha mantenido su mente en los misterios más lejanos del Cosmos y sus pies muy cerca de la rugosidad del suelo. Un hombre que se ha destacado tanto por su excelencia profesional como por su bondad y perseverancia en el servicio.</p>
<p>Es una de las personalidades más reconocidas en el campus del RUM y sus contribuciones a la rama de la oceanografía son conocidas mundialmente. Se mantiene como director del Centro de Recursos para Ciencia e Ingeniería (CRCI), después de haberse retirado como profesor en el 2000. Como administrador ha dirigido proyectos de investigación subvencionados con fondos que sobrepasan los 17 millones de dólares. Y tal vez su orgullo mayor: los 12 estudiantes de doctorado y 13 de maestría que ha graduado en más 45 años de cátedra.</p>
<p>Sus logros, sin embargo, han dejado intacta su humildad. En su agenda, figuran con igual prominencia una reunión con científicos de la NASA que una charla del medio ambiente en alguna escuela elemental. Sus colegas administradores lo ven como un mentor y, aunque ha dicho que se jubilará como director del CRCI cuando cumpla sus 80 años, nadie puede imaginar a González Lagoa lejos del campo de la investigación y de la ciencia.</p>
<p>“Es una persona buena, de un gran corazón y de una gran nobleza,” dice la doctora Yasmín Detrés quien fue una de sus estudiantes de maestría.</p>
<p>“Él es el mejor ejemplo de lo que es excelencia científica. Es una persona que conoce muchos temas y puede dictar un curso en cada uno. Adonde él llega es imposible que no eduque a alguien.”</p>
<p>Pero el recorrido hacia su propia educación ha sido largo. Comenzó de forma inusual cuando la iglesia envió a un grupo de sacerdotes irlandeses para que aprendieran español en su barrio. Pero en vez de hablarles a los sacerdotes en español como era el plan, González Lagoa se armó de un diccionario de inglés y empezó a memorizar palabras en orden alfabético. Adquirió mucho vocabulario, aunque no sabía cómo usar las palabras en oraciones completas, pero su mente siguió abriendo horizontes que apuntaban hacia lugares más allá de su finca.</p>
<p>Sus padres entendían el valor de la educación y permitieron que continuara sus estudios de escuela elemental a intermedia y de intermedia a escuela superior aún cuando esto suponía prescindir de él y de su trabajo en la finca. Sabían cuánto él valoraba la escuela, pues lo veían hacer sacrificios para poder estudiar. Sus maestros veían su potencial y siguieron su progreso hasta verlo llegar al Colegio de Agricultura y Artes Mecánicas, lo cual suponía un gran logro para cualquiera en esa época, mucho más para alguien proveniente de un hogar humilde.</p>
<p>En el Colegio pulió sus intereses por el magisterio y aunque la Universidad no ofrecía un grado en pedagogía, se matriculó en Estudios Generales  con la idea de seguir el currículo de Ciencias con especialidad en Zoología. Hizo una concentración menor en Química y se empezó a proyectar como futuro médico. Pero el destino tenía algo distinto reservado para él y en las postrimerías del bachillerato, recibió una oferta que no pudo rechazar.</p>
<p>La Universidad había recién adquirido la isla Magueyes y el doctor Juan A. Rivero, profesor de Biología, ya veía nacer un instituto de estudios marinos con sede en la islita. Anticipando la necesidad de profesores para el nuevo departamento, el doctor José A. Ramos, a instancias de Rivero, le ofreció enviarlo a estudiar Oceanografía en Estados Unidos. Su admiración y respeto por ambos fue tal que no dudó en cambiar sus planes.</p>
<p>Del Colegio pasó a la Universidad de Texas A &amp; M, donde completó su maestría en Oceanografía y más tarde a la Universidad de Rhode Island en Kingston para su doctorado, lo cual lo preparó para una breve carrera en la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés).</p>
<p>Ésta era la segunda vez que cambiaba drásticamente su plan de vida. En una ocasión anterior había considerado seriamente ir al seminario para ser sacerdote. Esto, tal vez influido por aquellas charlas en inglés con los sacerdotes irlandeses o como él dice: Por “ayudar a la gente, por ayudar a alguien.”</p>
<p>Pero su idilio con el conocimiento tuvo consecuencias de índole espiritual.</p>
<p>Las respuestas que alguna vez encontró en la Biblia para satisfacer sus inquietudes acerca del entorno ya no tenían sentido para él. No podía entender como un Dios podía haber creado el sol en el cuarto día si para que hubiera días debía existir el sol. Esto trazó un conflicto interno que aún no ha superado.</p>
<p>™El ver la grandiosidad de esto que nos rodea y no encontrar la solución en un ser que lo creó,∫ como él dice, le hizo buscar en su intelecto las respuestas a sus curiosidades sagradas.</p>
<p>™En el conocimiento, ahí está mi Dios,∫ expresa González Lagoa. ™El conocimiento es la fuerza motriz que mueve nuestra sociedad.∫</p>
<p>Pero este cambio ha dejado en él un conflicto interno que carga silentemente, pues respeta las creencias de aquellos a quien tiene cerca y que han podido encontrar su lugar en el mundo a través de la religión.</p>
<p>Por eso no es inusual oírle despedirse en una conversación con alguno de sus seis hijos con un convincente: ™Dios esté contigo y te ayude.∫ O verlo acompañar de  la mano a su esposa Carmen Rosado a la iglesia y apoyarla cuando, en sus momentos de delicada salud, rogaba a Jesús que intercediera para que apareciera un donante de riñón después de más de cinco años de diálisis.</p>
<p>™Le inculqué las cuestiones Divinas,∫ dice González Lagoa, ™pero les dejé que ellos decidieran qué hacer. No he querido que ellos piensen que yo no creo en estas cosas.∫</p>
<p>Pero Carmen sabe que su fe religiosa es más fuerte que la de su esposo. Y entiende que su enfermedad ha sido una prueba muy dura para él. González Lagoa describe la enfermedad de Carmen como una espina en el alma. El ver a su esposa enferma y no poder ayudarla es algo que ™me está decimando la vida en estos momentos.∫</p>
<p>Por eso pasa las tardes, las mañanas y los días entretenido en el saber. Y no es que no ame lo que hace. Se disfruta al máximo esas mañanas enseñándoles a estudiantes de escuela elemental acerca de los mangles o de los planetas. Es una vocación de vida, inculcarles a los niños que presten atención al entorno, y además demostrar la importancia de esa zona de transición que es el mangle, capaz de restaurar los nutrientes de un mar que está perdiendo la batalla contra la contaminación y el desarrollo desmesurado.</p>
<p>Pero además, los estudios y los viajes de campo son un refugio para subsanar esa herida en el alma. Para afrontar esos días cuando su esposa le cuesta salir de la cama y él anhela, como un niño, descubrir algo nuevo.</p>
<p>™Da conferencias hasta en Vieques,∫ comenta Carmen, ™y cuando no son del sol, son de las estrellas y cuando no, son del mangle.∫</p>
<p>Ella sabe cuánto la ama su esposo. Él hace el trabajo más pesado en la casa. Cocina y friega durante la semana. Barre y mapea toda la casa durante el fin de semana.</p>
<p>™Cualquier cosa que le pida, si está en sus manos, yo sé que él me lo va a conceder,∫ señala.</p>
<p>Pero hay algo que ella quisiera y no se atreve a pedirle. Y si lo pide no se atreve a insistir.</p>
<p>Es el tiempo. El tiempo que ella quisiera pasar junto a él.</p>
<p>™No hace falta hacer mucho,∫ expresa. ™Simplemente estar juntos. Ir a un lugar en donde nos olvidáramos del reloj.∫</p>
<p>Pero ella sabe que esa petición no está a su alcance. Es algo que no puede controlar. Si están en un hotel lujoso con vista al mar, él se levanta temprano y se sienta en el balcón con una tesis del tamaño de un tomo de enciclopedia. Como dice Carmen: ™Tú no sabes decir no.∫</p>
<p>Pero es por eso y muchas cosas más que sus colegas lo admiran y lo tienen de ejemplo. Porque cuando un estudiante de maestría necesita que le haga un revisión a su tesis de un día para otro él está ahí. Inclusive, el día en que por vez número 13 llamaron de Texas para anunciar que ya había un trasplante para Carmen, ella tuvo que salir de Puerto Rico sola pues una de las estudiantes de González Lagoa tenía que defender su tesis. Él llego más tarde; y permanece a su lado, pero ella sabe que cuando él finalmente se jubile como director de CRCI, eso no significará que se retira de las ciencias.</p>
<p>Todavía estará allí dispuesto a dar la milla extra por algún estudiante. O irá a alguna escuela a hablar de las estrellas. O saldrá a La Parguera con sus instrumentos de medición a examinar la bioluminiscencia. Pues como el mismo dice:</p>
<p>™Me falta un mundo de razones por delante.∫</p>
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